DIDO Y ENEAS / DIDON ET ÉNÉE / DIDO AND AENEAS / DIDONE ED ENEA

 

DIDO Y ENEAS

Los troyanos, despojos de los griegos y desperdigados en sus astillados navíos, llegaron a las costas de Libia.

Así habló, ante sus compañeros, que yacían tumbados en la arena, Eneas:

“Para los mortales la vida tiene el germen del llanto y los sucesos humanos de los que sufren conmueven el alma de sus hermanos. Ya antes hemos sabido del dolor, pero un Dios dará termino a ello, dará fin a los deseos, a la amargura, a los apegos y a todo cuanto nuestra mente haya sufrido. Perdamos el miedo, la paz no está al final de nuestro camino y nuestros anhelos, sino al principio. Vayamos a explorar estas tierras para pedir alimento y cobijo.”

Después de largas horas de camino, llegaron a Cartago. Ante sus majestuosas murallas detuvieron su paso. Los guardias los apresaron y los llevaron hasta palacio. La reina Dido, insólita belleza, apareció ante los ojos de Eneas. Era un mujer joven y hermosa, cuya belleza y dulzura había llegado a todos los rincones del orbe. La reina preguntó por la identidad de los cautivos:

“Soy Eneas, el troyano, cuya fama el mundo ha elevado más allá de los astros.  Los griegos asolaron nuestra ciudad, nos arrebataron todo, nuestro alimento y nuestras familias, que, insepultas, dejamos sobre la arena, y tuvimos que huir para no convertirnos como ellas en polvo y en tierra. Si nos acogéis, daremos lo mejor de nosotros por ganarnos el sustento.”

“No extraña al dolor ajeno, he aprendido a socorrer a los desamparados”, respondió Dido. “A pesar de estas altas murallas, alzadas por mis antepasados, no hay barreras entre vosotros y yo. La barrera es uno mismo, pero cuando se diluye ese uno mismo, el muro que nos separa desaparece y hay armonía entre ustedes y yo. Cuando uno ha comprendido el sufrimiento humano, abandona todo egocentrismo y no presta ayuda al prójimo para obtener una satisfacción personal, pues eso reforzaría su egoísmo, sino que desea que el hermano se sustente como él se sustenta y que sobreviva como el sobrevive. Es entonces cuando comparte, sin dolor por aquello que pierde al compartir. Sois bienvenidos a mi reino. Os daré un trozo de tierra para sembrar y algunos animales para que podáis abasteceros”.  

Toda la preocupación del padre se centra en la amada hija, en su dolor al separarse de su querida madre. Cupido había infundido con su pasión el extraordinario aspecto de la bella Ascania. Fue fruto del afecto entregado y de esa semilla del amor brotó un tallo tierno y cariñoso, amado por las gentes, que lo protegían como si fuera un retoño propio. Eneas la amaba con locura, su corazón se colmaba de dicha infinita cuando abrazaba y acariciaba sus tiernos miembros. Entonces, todo el sol y su desbordante luz iluminaba su rostro y hartaba su mente, desocupada de cualquier otro interés y conflicto, salvo el ilimitado amor por su hija.

Admiran todos los libios a Iula, rostro de apasionada diosa. Siente celos la infeliz fenicia, mas luego el corazón de la reina se ablanda por la inocencia de la niña, la sienta en su regazo y la cautiva, como a todos, su hermosura y su pureza.

Agotaban Dido y Eneas la noche entre charla y charla y la fenicia y el troyano bebían de un largo sorbo todo el amor. La fenicia escuchaba la memoria del dolor antiguo del troyano:

“Me pides, reina, revivir un sufrimiento inefable. ¿Cómo contener las lágrimas al contarlo? Pero si tanto es tu anhelo de conocer mi aciago mal, aunque el corazón se desvanezca con su recuerdo, comenzaré: 

Los griegos arrasaron Troya, en su insaciable avidez de riquezas. ¿Quién expresará el horror de aquellos días desoladores y aquellas noches infernales? ¿Quién describirá con palabras el fuego destructor, las muertes, el ardor febril del hambre que brota de la misma entraña? La realidad no es lo descrito ¿Quién podrá remediar con llanto abundante tanta desgracia? 

Doquiera mirases, se amontonaban los cadáveres en los caminos, bajos los escombros polvorientos de las casas; doquier las impotentes lágrimas; doquier el terror y el repetitivo eco de la cruel sombra se cernió sobre Troya.

Los caminos de mi mujer Creúsa y los míos se separaron entonces y aún sigo sin noticias de ella. ¿Cómo explicar el desgarro brutal de los débiles tejidos de mi corazón? Era mi vida, me había insuflado aliento desde los primeros días que la conocí: era pura pasión en sus actos, la entrega absoluta al esposo y me había regalado el tesoro más preciado que cualquier mortal pudiera poseer: Iula. El dolor infinito envolvió mi mente y mi alma, solo la compañía de Ascania aliviaba mis penas, pero también los rasgos del rostro del tierno retoño evocaban a Creúsa y entonces el corazón se rasgaba en dos, como si lo hubiera atravesado por la mitad el frío acero de una espada.”  

Mientras así hablaba Eneas, el fuego alcanza hasta la tierna médula de Dido y la oculta herida se aloja bajo su anhelante pecho. Arde la fenicia, como cervatillo en cuyo tierno costado se hundió el carcaj e hirió desprevenido el pastor. Muere de amor Dido, pues en el rostro de Eneas ve reflejada una bondad que la completa y la eleva. Eneas quería en vano destruir la imagen de la reina cada noche, para que su relación con Dido fuera más directa y plena cada mañana, para percibir su belleza y su encanto fresco cada día, pero no lo conseguía.

La reina se dirige, anhelante el corazón, a Eneas, y se traba a mitad de palabra y vuelve a suspenderse en la suave voz que emana de los labios del troyano y por su sangre corre ciego arrebato. Eneas, entretanto, admiraba su belleza y sabía que cuando el pensamiento interfería en ese deleite y la representación de su belleza acudía a mente, junto al deseo de poseerla, se sometía a la esclavitud y a la tortura.

Una mañana primaveral salieron los dos a dar un paseo por el bosque a lomos de sus caballos. Cuando hubieron recorrido un largo trecho, se encrespó el cielo con profundo estruendo y el agua a raudales cayó sobre sus cuerpos. Buscaron refugiarse del temporal en una cueva y el troyano encendió una hoguera para calentar sus humedecidos miembros. Allí se abrazaron y el roce de la carne tibia erizó la piel de ambos; se besaron impulsivamente con ansia de lenguas de placer sedientas, como si en el beso hondo hallasen el goce último del universo y entrelazaron sus cuerpos y gozaron de la unión más tierna y cálida, entre suspiros dóciles de quienes se someten al amor efímero. Los astros y el firmamento, partícipes de la unión, resplandecieron cuando ambos cayeron extenuados sobre el arenoso suelo.

Al momento sobrevuela Fama las mayores urbes del mundo. Al comienzo de su vuelo, débil, después se levanta impetuosa hasta el cielo. Todos conocen ya la noticia del inesperado suceso.

Así en palacio pasaban los días y así hablaba la reina, con el corazón entregado, a Eneas: “Si me quedase un retoño que viniese de ti, si en palacio viese jugar a un pequeñuelo Eneas, tendría la dicha hecha carne en mis manos”.

“Eres joven, reina”, respondía el troyano, “y mi lozanía y vigor comienza a declinar”. Nuestros caminos, a pesar del amor que nos tenemos, se separarán pronto porque el deseo, cual hoja caduca que cae en otoño del árbol robusto, sucumbirá pronto. No quiero que un pequeño retoño sienta el despecho hacia la madre que mi corazón herido no podrá ocultar”. 

Así pasaron en Cartago breves años de júbilo sin medida, despertando cada mañana con el corazón gozoso, abrazándose tiernamente a cada momento, entregándose a un amor desconocido para ellos, apurando los labios en el beso profundo y húmedo, sonriendo a la vida por haberles dado una intimidad tan radiante y plena. Viajaron por el orbe, disfrutando cada instante, y cuidaron de Iula con un cariño y afecto inefables. Eneas vaciaba su mente cada noche de toda preocupación, leyendo los libros sagrados que aquietaban su espíritu. Sabía que el amor auténtico está más allá del pensamiento, que no es dominio de la mente, sino que desprende su fragancia sin el deseo de someter a la amada, pero no podía resistirse al deleite psíquico de poseer a la reina.

Y llegó el día en que la reina dejó de amar al troyano. Y Eneas partió desorientado y con miedo al vacío hacia Italia, buscando para él y su hija una patria que creía perdida, con su corazón desolado y un dolor oprimiéndole el pecho, perdida toda energía y toda fuerza, incapaz de levantar su mirada rendida del suelo.     

Era incapaz de observar el vacío, esa soledad sin escapar de ellos mediante el pensamiento. Si hubiera permanecido con esa vacuidad sin huir de ella, la hubiera comprendido y se habría liberado del dolor. Si su mente se hubiera desprendido del pasado, de todo recuerdo y de toda memoria y no hubiese proyectado sus miedos y esperanzas, habría recuperado la plenitud. Sin embargo, solo la compañía y el cariño de su hija aliviaban algo su pena.

Una noche, mientras dormía profundamente, se le apareció en sueños Creusa y su visión le provocó un hondo escalofrío. La contempló viva y a salvo en los campos cercanos a Troya, impetuosa y entregada como siempre al trabajo y al esfuerzo diarios, con la humildad y el amor propio que siempre la habían caracterizado y brotó en el corazón de Eneas un vehemente deseo de reencontrarse con ella. Así, temeroso y anhelante, salió en su ciega búsqueda.   


DIDON ET ÉNÉE

Les Troyens, rescapés des Grecs et dispersés sur leurs navires en pièces, abordèrent les côtes de la Libye.

Ainsi parla Énée à ses compagnons, étendus sur le sable :

« Pour les mortels, la vie recèle les germes de la tristesse, et les épreuves de ceux qui souffrent émeuvent l'âme de leurs semblables. Nous avons connu la douleur, mais un Dieu y mettra un terme, dissipant désirs, amertume, attachements et tout ce qui tourmentait nos esprits. Rejetons nos craintes ; la paix ne réside pas au terme de notre voyage et de nos aspirations, mais à leur origine. Partons explorer ces terres en quête de nourriture et d'un abri. »

Après un long voyage, ils arrivèrent à Carthage. Ils s'arrêtèrent devant ses murailles majestueuses. Les gardes se saisirent d'eux et les conduisirent au palais. La reine Didon, une femme d'une beauté extraordinaire, apparut devant Énée. Elle était jeune et ravissante, et sa beauté ainsi que sa douceur étaient renommées jusqu'aux confins du monde. La reine demanda l'identité des captifs :

« Je suis Énée, le Troyen, dont la renommée s'élève jusqu'aux étoiles. Les Grecs ont ravagé notre cité et tout nous ont ravi, nos moyens de subsistance comme nos familles, que nous avons laissées sans sépulture sur le sable et nous avons dû fuir pour ne pas devenir comme elles, poussière et terre. Si vous nous accueillez, nous ferons tout notre possible pour gagner notre vie. »

« La souffrance d’autrui ne m’est pas étrangère ; j’ai appris à secourir les démunis », répondit Didon. « Malgré ces hautes murailles érigées par mes ancêtres, il n’existe aucune barrière entre vous et moi. La barrière réside en soi, mais lorsque le moi se dissout, le mur qui nous sépare s’efface et l’harmonie naît entre nous. Une fois que l’on a saisi la nature de la souffrance humaine, on délaisse tout égocentrisme, on n’aide pas son prochain pour en retirer une satisfaction personnelle, car cela ne ferait que renforcer son égoïsme, mais on désire plutôt que son frère puisse subvenir à ses besoins tout comme soi-même, et survivre tout comme soi-même. C’est alors que l’on partage, sans éprouver de peine pour ce que l’on donne. Vous êtes les bienvenus dans mon royaume. Je vous accorderai une parcelle de terre à cultiver ainsi que du bétail pour assurer votre subsistance. »

Toutes les pensées du père se tournaient vers sa fille bien-aimée et vers la douleur qu'elle éprouvait à se séparer de sa chère mère. Cupidon avait imprégné de sa flamme la beauté extraordinaire d'Ascania. Elle était le fruit d'une affection dévouée ; de cette semence d'amour avait jailli une pousse tendre et aimante, chérie du peuple qui la protégeait comme s'il s'agissait de son propre rejeton. Énée l'aimait éperdument ; son cœur débordait d'une joie infinie lorsqu'il l'étreignait et caressait ses membres délicats. Ainsi, le plein soleil et sa lumière débordante illuminaient son visage et emplissaient son esprit, un esprit libre de tout autre intérêt ou conflit, hormis l'amour infini qu'il portait à sa fille.

Tous les Libyens admirent Iula, qui porte le visage d'une déesse passionnée. La malheureuse Phénicienne ressent une pointe de jalousie, mais le cœur de la reine s'adoucit bientôt devant l'innocence de l'enfant ; elle installe la fillette sur ses genoux et comme tous, elle est captivée par sa beauté et sa pureté.

Didon et Énée épuisaient la nuit entre bavardage et bavardage et la Phénicie et le Troyen buvaient d’une longue gorgée tout l’amour. La Phénicie écoutait le souvenir de l’ancienne douleur du Troyen :

« Tu me demandes, ô reine, de revivre une douleur indicible. Comment retenir mes larmes en la racontant ? Pourtant, si tu désires si ardemment connaître mon infortune , bien que mon cœur défaille à ce souvenir, je vais commencer : »

Les Grecs rasèrent Troie, mus par une soif insatiable de richesses. Qui saurait dire l'horreur de ces jours de désolation et de ces nuits infernales ? Qui pourrait décrire par des mots l'incendie dévastateur, les morts, la brûlure fébrile de la faim surgissant des entrailles mêmes ? La réalité défie toute description. Qui pourrait jamais remédier à un tel désastre par un déluge de larmes?

Où que l'on portât le regard, des cadavres gisaient en tas le long des routes et sous les décombres poussiéreux des maisons ; partout, des larmes d'impuissance ; partout, la terreur et l'écho récurrent de l'ombre cruelle planant sur Troie.

Nos chemins, à mon épouse Créuse et à moi, se séparèrent alors, et je suis, à ce jour, sans nouvelles d’elle. Comment décrire ce déchirement brutal des fibres fragiles de mon cœur ? Elle était ma vie, elle avait insufflé une âme en moi dès les premiers jours de notre rencontre ; elle mettait une passion pure dans chacun de ses actes, se vouait corps et âme à son époux et m’avait offert le plus précieux des trésors qu’un mortel puisse posséder : Iula. Un chagrin infini envahissait mon esprit et mon âme ; seule la présence d’Ascania m’apportait quelque réconfort, mais les traits de ce tendre enfant évoquaient aussi Créuse, et mon cœur se déchirait alors, comme transpercé en plein milieu par l’acier froid d’une épée.

Tandis qu'Énée parlait, le feu pénétrait jusqu'à la moelle de Didon, et la blessure secrète s'ancrait au plus profond de son cœur épris. La reine phénicienne brûlait de passion, telle une jeune biche frappée au flanc par la flèche d'un berger imprudent. Didon était consumée par l'amour, car elle voyait se refléter sur le visage d'Énée une bonté qui l'apaisait et élevait son âme. Chaque nuit, Énée tentait en vain de chasser l'image de la reine, espérant qu'au matin, le lien qui les unissait serait plus direct et plus entier, lui permettant chaque jour de redécouvrir sa beauté et son charme plein de fraîcheur. Mais il n'y parvenait pas.

La reine se tourne vers Énée, le cœur épris ; elle s'interrompt au milieu d'une phrase, captive de la voix douce qui s'écoule des lèvres du Troyen, tandis qu'une ivresse aveugle parcourt ses veines. Énée, de son côté, admirait sa beauté, mais il savait que, dès qu'une pensée venait troubler ce ravissement  et que l'image de cette beauté surgissait en son esprit, mêlée au désir de la posséder, il se livrait à l'asservissement et au tourment.

Un matin de printemps, ils partirent tous deux pour une promenade à travers la forêt. Après une longue chevauchée, le ciel s'agita dans un grondement profond et des trombes d'eau s'abattirent sur leurs corps. Ils cherchèrent refuge contre l'orage dans une grotte, où le Troyen alluma un feu pour réchauffer leurs corps transis. Là, ils s'étreignirent ; le contact de leurs chairs chaudes fit frissonner leur peau. Ils s'embrassèrent avec fougue, assoiffés du plaisir d'entremêler leurs langues, comme s'ils trouvaient dans ce baiser profond l'extase ultime de l'univers, et ils enlacèrent leurs corps, savourant une union empreinte d'une tendre chaleur, au rythme des doux soupirs de ceux qui s'abandonnent à un amour éphémère. Témoins de leur union, les étoiles et le firmament brillaient avec éclat alors qu'ils s'effondraient, épuisés, sur le sol sablonneux.

En cet instant, la Rumeur survole les grandes villes du monde. Faible au début de son vol, elle s'élève ensuite impétueusement vers les cieux. Chacun connaît déjà la nouvelle de l'événement inattendu.

Ainsi s'écoulaient les jours au palais, et ainsi la reine s'adressait à Énée, le cœur à nu : « Si un enfant de toi m'était laissé, si je pouvais voir un petit Énée jouer dans le palais, je tiendrais le bonheur même entre mes mains. »

« Tu es jeune, ma reine, répondit le Troyen, tandis que ma propre vigueur et la fleur de l’âge commencent à décliner. Malgré l’amour qui nous unit, nos chemins vont bientôt se séparer, car le désir, telle une feuille flétrie tombant d’un arbre robuste en automne, finira par s’éteindre. Je ne veux pas qu’un jeune enfant ressente envers sa mère l’amertume que mon cœur blessé serait incapable de dissimuler. »

Ainsi, à Carthage, ils vécurent quelques brèves années d'une joie infinie : ils s'éveillaient chaque matin le cœur empli de ravissement, s'étreignaient tendrement à tout instant, s'abandonnaient à un amour sans pareil, savouraient des baisers profonds et humides, et souriaient à la vie de leur offrir une intimité aussi radieuse qu'épanouissante. Ils parcoururent le monde, goûtant chaque instant, et veillèrent sur Iula avec une affection indicible. Chaque soir, Énée chassait tout souci de son esprit en lisant des textes sacrés qui apaisaient son âme. Il savait que le véritable amour transcende la pensée, qu'il ne relève pas du domaine de l'intellect, mais s'apparente plutôt à un parfum qui se diffuse sans volonté d'asservir l'être aimé ; pourtant, il ne pouvait résister au plaisir psychique de posséder la reine.

Et vint le jour où la reine cessa d'aimer le Troyen. Énée fit alors route vers l'Italie, désorienté et redoutant le vide, en quête d'une patrie qu'il croyait perdue pour lui et pour sa fille ; le cœur en désolation, une douleur lui pesant sur la poitrine, vidé de toute énergie et de toute force, incapable de relever vers le ciel son regard vaincu.

Il ne parvenait pas à affronter le vide, cette solitude, sans tenter d’y échapper par la pensée. S’il était demeuré face à ce vide au lieu de le fuir, il l’aurait compris et se serait libéré de sa souffrance. Si son esprit avait lâché prise sur le passé, sur tout souvenir et toute réminiscence, et cessé de projeter ses peurs et ses espoirs, il aurait retrouvé un sentiment de plénitude. Pourtant, seule la compagnie et l’affection de sa fille offraient quelque apaisement à sa peine.

Une nuit, alors qu’il était plongé dans un profond sommeil, Créuse lui apparut en songe ; cette vision le fit frissonner jusqu’au plus profond de lui-même. Il la vit vivante et sauve dans les plaines aux abords de Troie, toujours aussi vaillante et dévouée à ses tâches quotidiennes, empreinte de cette humilité et de cette dignité qui l’avaient toujours caractérisée, et un désir ardent de la retrouver monta dans le cœur d’Énée. Ainsi, partagé entre crainte et aspiration, il se lança dans une quête à l’aveugle.


DIDO AND AENEAS

The Trojans, spoils of the Greeks and scattered in their splintered ships, arrived on the shores of Libya.

Thus spoke Aeneas to his companions, who lay stretched out upon the sand:

“For mortals, life holds the seeds of sorrow, and the human events of those who suffer are moving the souls of their brothers. We have known pain before, yet a God shall bring it to a close, putting an end to our longings, our bitterness, our attachments, and all that has weighed upon our minds. Let’s put aside our fear ; peace lies not at the end of our journey and our aspirations, but at the very beginning. Let us go forth to explore these lands and seek food and shelter.”

After a long journey, they arrived at Carthage. They halted before its majestic walls. The guards seized them and took them to the palace. Queen Dido, a woman of extraordinary beauty, appeared before Aeneas. She was young and lovely, and her beauty and gentleness were renowned to the farthest corners of the world. The queen asked for the captives' identities:

“I am Aeneas, the Trojan, whose fame the world has raised beyond the stars. The Greeks ravaged our city and tore everything from us—our sustenance and our families, whom we left unburied upon the sands—forcing us to flee lest we, too, turn to dust and soil. If you take us in, we shall give our utmost to earn our livelihood.”

“I am no stranger to the suffering of others; I have learned to succor the destitute,” replied Dido. “Despite these high walls raised by my ancestors, there are no barriers between you and me. The barrier lies within the self; yet when that self dissolves, the wall separating us vanishes, and harmony arises between us. Once a person has understood the nature of human suffering, they put aside all egocentrism; they do not help their neighbor to gain personal satisfaction—for that would only reinforce their selfishness—but rather desire that their brother sustain himself just as they do, and survive just as they survive. It is then that they share, feeling no pain for what is lost in the giving. You are welcome in my kingdom. I shall grant you a plot of land to cultivate and some livestock to sustain you.”

The father’s every concern centered on his beloved daughter and the pain she felt at parting from her dear mother. Cupid had imbued the beautiful Ascania’s extraordinary appearance with his passion. She was the fruit of devoted affection; from that seed of love sprang a tender, loving stem, cherished by the people, who protected her as if she were their own offspring. Aeneas loved her madly; his heart overflowed with infinite joy whenever he embraced and caressed her tender limbs. In those moments, the full sun and its radiant light illuminated her face and filled his mind, cleared of all other interests or conflicts, save for his boundless love for his daughter.

All the Libyans admire Iula, who bears the face of a passionate goddess. The unhappy Phoenician woman feels a pang of jealousy, yet the queen’s heart soon softens at the child’s innocence; she seats the girl on her lap, captivated, like everyone else, by her beauty and purity.

Dido and Aeneas whiled away the night in conversation, and the Phoenician woman and the Trojan drank from a long swig all the love. She listened as he recounted the memory of his ancient sorrow:

“You ask me, O Queen, to relive an unspeakable suffering. How can I hold back my tears as I tell it? Yet if you so deeply desire to know of my tragic woe, though my heart fails at the very memory, I shall begin:

The Greeks razed Troy in their insatiable greed for riches. Who can give voice to the horror of those desolate days and hellish nights? Who can describe in words the destructive fire, the deaths, the feverish pangs of hunger rising from the very entrails? Reality defies description. Who could ever remedy such calamity with a flood of tears?

Wherever one looked, corpses lay piled along the roads and beneath the dusty rubble of the houses; everywhere, helpless tears; everywhere, terror and the recurring echo of the cruel shadow looming over Troy.

The paths of my wife Creusa and my own parted ways then, and to this day I remain without news of her. How can I describe the brutal tearing of my heart’s fragile fibers? She was my life; she had breathed spirit into me from the very first days I knew her; she was pure passion in her actions, utterly devoted to her husband, and she had bestowed upon me the most precious treasure any mortal could possess: Iula. Infinite grief engulfed my mind and soul; only the company of Ascania relieved my sorrow, yet the features of that tender child’s face also called Creusa to mind, and my heart would tear in two, as if pierced right through the middle by the cold steel of a sword.

As Aeneas spoke, the fire reached Dido’s very marrow, and the hidden wound lodged deep within her yearning breast. The Phoenician queen burned with passion, like a young doe struck in the flank by a shepherd’s unsuspecting arrow. Dido was consumed by love, for in Aeneas’s face she saw a goodness reflected that made her whole and elevated her spirit. Each night, Aeneas tried in vain to banish the image of the queen, hoping that, come morning, his connection with her might be more direct and complete, allowing him to perceive her beauty and fresh charm anew. But he could not succeed.

The queen turns to Aeneas with a yearning heart; she falters mid-sentence, held captive by the gentle voice flowing from the Trojan’s lips, while a blind rapture courses through her blood. Meanwhile, Aeneas admired her beauty, yet he knew that whenever thought interfered with that delight and the image of her beauty rose in his mind, alongside the desire to possess her, he surrendered to slavery and torment.

One spring morning, the two of them set out for a ride through the forest on horseback. After they had traveled a long way, the sky grew turbulent with a deep roar, and torrents of rain fell on their bodies. They sought shelter from the storm in a cave, where the Trojan lit a fire to warm their chilled bodies. There they embraced, and the touch of warm flesh made their skin tingle; they kissed impulsively, with a thirst for the pleasure of mingling tongues, as if finding the ultimate ecstasy of the universe in that deep kiss, and they intertwined their bodies, delighting in a union of tender warmth amidst the soft sighs of those surrendering to fleeting love. The stars and the firmament, witnessing their union, shone brightly as the two collapsed, spent, onto the sandy ground.

At this moment, Rumor is flying over world's great cities. Weak at the start of its flight, it later rises impetuously toward the heavens. Everyone already knows the news of the unexpected event.

Thus the days passed in the palace, and thus the queen spoke to Aeneas, her heart laid bare: “If a child of yours were left to me, if I could see a little Aeneas playing in the palace, I would hold happiness itself in my hands.”

“You are young, my queen,” the Trojan replied, “while my own vigor and prime are beginning to wane. Despite the love we share, our paths will soon part, for desire, like a withered leaf falling from a robust tree in autumn, will soon fade away. I do not wish for a young child to feel the resentment toward his mother that my wounded heart would be unable to hide.”

Thus, in Carthage, they spent a few brief years of boundless joy, waking each morning with hearts full of delight, embracing tenderly at every turn, surrendering to a love unlike any they had known, savoring deep, moist kisses, and smiling at life for granting them such a radiant and fulfilling intimacy. They traveled the world, enjoying every moment, and cared for Iula with ineffable affection. Each night, Aeneas would clear his mind of all worry, reading sacred texts that quiet his spirit. He knew that true love lies beyond thought, that it is not the mind’s domain, but rather a fragrance that wafts forth without the desire to subjugate the beloved, yet he could not resist the profound pleasure of possessing the queen.

And the day came when the queen ceased to love the Trojan. And Aeneas set out for Italy, disoriented and fearing the emptiness, seeking a homeland he believed lost for himself and his daughter; his heart desolate and a pain weighing upon his chest, drained of all energy and strength, unable to lift his defeated gaze from the ground.

He was unable to face the void, that solitude, without trying to escape it through thought. Had he remained with that emptiness instead of fleeing from it, he would have understood it and freed himself from the pain. Had his mind let go of the past, of every recollection and memory, and ceased projecting his fears and hopes, he would have regained a sense of wholeness. However, only his daughter’s company and affection offered some relief for his sorrow.

One night, while he was fast asleep, Creusa appeared to him in a dream, and the vision sent a deep shiver through him. He saw her alive and safe in the fields near Troy, spirited and devoted, as ever, to her daily work and effort, possessing the humility and self-respect that had always defined her, and a fierce longing to be reunited with her welled up in Aeneas’s heart. Thus, filled with both fear and yearning, he set out on a blind search.


DIDONE ED ENEA

I Troiani, scampati ai Greci e dispersi con le loro navi scompaginate, giunsero sulle coste della Libia.

Così parlò Enea ai suoi compagni, distesi sulla sabbia:

«Per i mortali, la vita reca in sé i semi del dolore, e le tribolazioni di chi soffre commuovono l'animo dei fratelli. Abbiamo già conosciuto il dolore, eppure un Dio vi porrà fine, ponendo termine ai nostri desideri, alle nostre amarezze, ai nostri attaccamenti e a tutto ciò che ha gravato sulla nostra mente. Scacciamo la paura; la pace non risiede al termine del nostro viaggio e delle nostre aspirazioni, bensì proprio al loro inizio. Andiamo dunque a esplorare queste terre e a cercare cibo e riparo».

Dopo un lungo viaggio, giunsero a Cartagine. Si fermarono davanti alle sue maestose mura. Le guardie li catturarono e li condussero al palazzo. La regina Didone, donna di straordinaria belleza, apparve al cospetto di Enea. Era giovane e incantevole, e la sua bellezza e la sua gentilezza erano rinomate fino agli angoli più remoti del mondo. La regina chiese l'identità dei prigionieri:

«Io sono Enea, il Troiano, la cui fama il mondo ha esaltato fin oltre le stelle. I Greci hanno devastato la nostra città e ci hanno strappato ogni cosa, il sostentamento e le nostre famiglie, lasciate insepolte sulla sabbia, costringendoci a fuggire per evitare di ridurci, noi pure, in polvere e terra. Se ci accoglierete, ci impegneremo al massimo per guadagnarci da vivere.»

«Non mi è estranea la sofferenza altrui; ho imparato a soccorrere i bisognosi», rispose Didone. «Nonostante le alte mura erette dai miei antenati, non vi sono barriere tra te e me. La barriera risiede nell'io; tuttavia, quando quell'io si dissolve, il muro che ci separa svanisce e tra noi nasce l'armonia. Una volta compresa la natura della sofferenza umana, si abbandona ogni egocentrismo: non si aiuta il prossimo per trarne soddisfazione personale, poiché ciò non farebbe che rafforzare il proprio egoísmo, bensì si desidera che il proprio fratello possa sostentarsi proprio come noi e sopravvivere proprio come noi sopravviviamo. È allora che si condivide, senza provare dolore per ciò che si dona. Sei il benvenuto nel mio regno. Ti concederò un appezzamento di terra da coltivare e del bestiame per il tuo sostentamento.»

Ogni pensiero del padre era rivolto all'amata figlia e al dolore che ella provava nel doversi separare dalla cara madre. Cupido aveva infuso la propria passione nello straordinario aspetto della bella Ascanìa. Ella era il frutto di un affetto devoto; da quel seme d'amore era germogliato un virgulto tenero e amorevole, caro al popolo, che la proteggeva come se fosse una propria figlia. Enea la amava follemente; il suo cuore traboccava di gioia infinita ogni volta che abbracciava e accarezzava le sue tenere membra. In quei momenti, il pieno splendore del sole le illuminava il volto e riempiva la mente di lui, sgombra da ogni altro interesse o conflitto, fatta eccezione per il suo amore sconfinato per la figlia.

Tutti i Libici ammirano Iula, che ha il volto di una dea appassionata. L'infelice donna fenicia prova una stretta di gelosia, eppure il cuore della regina si intenerisce presto di fronte all'innocenza della bambina; la fa sedere sulle ginocchia, conquistata, come tutti gli altri, dalla sua bellezza e purezza.

Didone ed Enea trascorrevano la notte conversando, e la donna fenicia e il Troiano bevevano a lunghi sorsi l'amore. La donna fenicia ascoltava il Troiano rievocare il ricordo del suo antico dolore:

“Mi chiedi, o Regina, di rivivere un dolore indicibile. Come potrò trattenere le lacrime nel raccontarlo? Eppure, se desideri così ardentemente conoscere la mia misera sventura, sebbene il cuore mi venga meno al ricordo, inizierò:

I Greci rasero al suolo Troia nella loro insaziabile brama di ricchezze. Chi può dar voce all'orrore di quei giorni desolati e di quelle notti infernali? Chi può descrivere a parole il fuoco distruttore, le morti, i morsi febbrili della fame che salivano dalle viscere stesse? La realtà sfugge a ogni descrizione. Chi potrebbe mai porre rimedio a una tale calamità con un fiume di lacrime? 

Ovunque si volgesse lo sguardo, cadaveri giacevano ammucchiati lungo le strade e sotto le polverose macerie delle case; ovunque, lacrime impotenti; ovunque, terrore e l'eco ricorrente dell'ombra crudele che incombeva su Troia.

Le strade mie e di mia moglie Creusa si divisero allora e, ancora oggi, non ho più avuto sue notizie. Come descrivere lo strappo brutale che lacerò le fragili fibre del mio cuore? Lei era la mia vita; aveva infuso spirito in me fin dai primi giorni in cui l'avevo conosciuta: pura passione nelle sue azioni, devota fino in fondo al marito, mi aveva donato il tesoro più prezioso che un mortale potesse possedere: Iula. Un dolore infinito invase la mia mente e la mia anima; solo la compagnia di Ascania mi recava conforto, eppure i lineamenti di quel tenero fanciullo evocavano anche Creusa, e il mio cuore si spezzava in due, come trafitto nel profondo dal freddo acciaio di una spada.

Mentre Enea parlava, il fuoco penetrava fin nel midollo di Didone, e la ferita celata si annidava nel profondo del suo petto bramoso. La regina fenicia ardeva di passione, come una giovane cerva colpita al fianco dalla freccia inconsapevole di un pastore. Didone era consumata dall'amore: nel volto di Enea, infatti, scorgeva riflessa una bontà capace di renderla integra ed elevare il suo spirito. Ogni notte, Enea tentava invano di scacciare l'immagine della Regina, sperando che, al sorgere del giorno, il legame con lei potesse farsi più diretto e completo, permettendogli di cogliere nuovamente la sua bellezza e il suo fascino fresco. Ma non vi riusciva.

La regina si volge verso Enea con il cuore colmo di struggimento; si arresta a metà frase, soggiogata dalla voce soave che fluisce dalle labbra del Troiano, mentre un cieco trasporto le scorre nel sangue. Intanto Enea ne ammirava la bellezza, pur consapevole che, ogniqualvolta il pensiero si insinuava in quel piacere e l'immagine di lei gli si affacciava alla mente, insieme al desiderio di possederla, egli finiva in balia di una schiavitù e di un tormento.

Una mattina di primavera, i due partirono a cavallo per una cavalcata attraverso la foresta. Dopo aver percorso un lungo tratto, il cielo si fece tempestoso tra cupi boati e torrenti di pioggia si abbatterono su di loro. Cercarono riparo dalla tempesta in una grotta, dove il troiano accese un fuoco per riscaldare i loro corpi intirizziti. Lì si abbracciarono e il contatto di carni calde fece fremere la loro pelle; si baciarono d'impulso, bramando il piacere di intrecciare le lingue, come se in quel bacio profondo stessero scoprendo l'estasi suprema dell'universo, e unirono i corpi, godendo di un'unione fatta di tenero calore tra i sospiri lievi di chi si abbandona a un amore fugace. Le stelle e il firmamento, testimoni della loro unione, brillavano intensamente mentre i due si lasciavano cadere, esausti, sul suolo sabbioso.

In questo momento, la Fama sorvola le grandi città del mondo. Debole all'inizio del suo volo, ben presto si innalza impetuosamente verso il cielo. Tutti conoscono già la notizia dell'evento inatteso.

Così trascorsero i giorni a palazzo, e così la regina parlò ad Enea, a cuore aperto: «Se avessi un figlio nato da te, se potessi vedere un piccolo Enea giocare nel palazzo, stringerei tra le braccia la felicità stessa».

«Tu sei giovane, mia regina» rispose il Troiano, «mentre il mio vigore e il fiore dei miei anni stanno ormai declinando. Nonostante l’amore che ci unisce, le nostre strade presto si divideranno, poiché il Desiderio, come una foglia appassita che in autunno cade da un albero robusto, è destinato a svanire. Non voglio che un figlio ancora piccolo provi verso la madre quel risentimento che il mio cuore ferito non saprebbe celare.»

Così, a Cartagine, trascorsero alcuni brevi anni di gioia sconfinata: si svegliavano ogni mattina col cuore colmo di letizia, si abbracciavano teneramente a ogni occasione, abbandonandosi a un amore diverso da qualsiasi altro avessero mai conosciuto, assaporando baci profondi e appassionati, e sorridendo alla vita per aver concesso loro un’intimità così radiosa e appagante. Viaggiarono per il mondo, godendosi ogni istante, e si presero cura di Iula con affetto indicibile. Ogni sera, Enea sgombrava la mente da ogni preoccupazione leggendo testi sacri che gli infondevano serenità. Sapeva che il vero amore trascende il pensiero, che non appartiene alla sfera della mente, bensì è una fragranza che si diffonde senza il desiderio di soggiogare l’amato,  eppure non riusciva a resistere al piacere profondo di possedere la regina.

E giunse il giorno in cui la regina smise di amare il Troiano. Ed Enea partì alla volta dell'Italia — disorientato e timoroso del vuoto — in cerca di una patria che credeva perduta per sé e per sua figlia; col cuore desolato e un peso opprimente sul petto, svuotato di ogni energia e forza, incapace di sollevare da terra lo sguardo sconfitto.

Non riusciva ad affrontare il vuoto, quella solitudine, senza tentare di sfuggirvi attraverso il pensiero. Se fosse rimasto con quel vuoto invece di fuggirlo, lo avrebbe compreso e si sarebbe liberato dal proprio dolore. Se la sua mente avesse lasciato andare il passato, ogni ricordo e memoria, e avesse smesso di proiettare paure e speranze, avrebbe ritrovato un senso di integrità. Eppure, solo la compagnia e l'affetto della figlia offrivano un po' di sollievo al suo dolore.

Una notte, mentre dormiva profondamente, Creusa gli apparve in sogno e quella visione gli trasmise un brivido profondo. La vide viva e al sicuro nei campi vicino a Troia, vivace e dedita, come sempre, alle sue occupazioni quotidiane, dotata di quell'umiltà e di quel rispetto per sé che l'avevano sempre contraddistinta, e nel cuore di Enea divampò un desiderio struggente di ricongiungersi a lei. Così, colmo di paura e di struggimento, intraprese una ricerca alla cieca.

 

 

 

 

 

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